Viernes, 28 Diciembre 2012 12:25

Nostalgia de madrugada

Hace dos años, cuando cumplió 52 y luego de que su padre falleciera en julio, Carlos Simon (Ministro de Salud de Córdoba) se despertó a las 3 de la mañana y escribió hasta las 6. Sus reflexiones incluyeron su relación con la medicina.

Creo en la duda.
Creo que nunca vendí mi alma.
Creo en la medicina,
me peleé muchas veces con ella.
Creo en los almuerzos del domingo.
Creo que me gusta sentarme a tomar un café con mis amigos.
Creo que a veces me siento a tomar un café conmigo.
Creo que a veces la dejo dada y otras veces la tiro al búnker.
Creo que no cambiaría ni un instante de mi vida, que no me arrepiento de nada que haya hecho.
Creo
Que nací el 17 de octubre de 1958, donde Don Jerónimo Luis fundó la ciudad.
Que mi papá era telefónico.
Que mi mamá levantaba puntos de medias (el que no sabe qué es eso es porque no era hijo de mi mamá).
Creo
En el Colegio Sabatini que funcionaba al lado de mi casa.
En la copa de leche
En el recreo largo,
En Obdulio, el gallego Jordán, Luisito
En Nico y Nati.
En Encarna y Marcos y los Sisti.
En la máquina de soda de mi abuelo.
Que cuando me engripaba, mamá me ponía paños calientes en el pecho y me pasaba Vick Vaporub (las batas de los quirófanos, a veces están calientes y me recuerdan a esos paños tibios, sólo le faltan el Vick Vaporub y el cariño de mamá).
Creo en el televisor “Dimensión” blanco y negro para ver los dos canales de entonces.
Creo en la preparación de engrudo para pegar barriletes, en la bobina de hilo, en las tiras de trapos para hacer la cola.
En el “campito” de la calle Bailén.
En el equipo de baby fútbol en el que nunca jugué.
En la terraza de la casa de Lucho, desde donde veíamos las películas que pasaban en la cancha de básquet del club.
En las estrofas de la “marcha del deporte” (“en un marco de azul celestial… al rayo solar… va la juventud…”) cuando empezaban los torneos de fútbol en el yape.
Creo en el cuaderno “Lanceros”.
En el “Perón vuelve” escrito en las paredes del barrio.
En el “gorilas” escrito en algunas tapias.
Creo que Malena un día me llamó Cay, para otros fui Carlitos, y otros, mejor no saber cómo me dicen.
Creo en mis primos Horacio y el Negro (en realidad, mis hermanos).
Creo que si tenías hepatitis se hacía la cuarentena, Horacio se la agarró y con el Negro lo vimos durante un mes y pico a través de los vidrios de la puerta, todo lo que él usó se quemó, el mecano también, tal vez por eso no fui ingeniero.
Que estando sentado sobre los hombros de mi papá, le di la mano al negro Baltasar, en la calle San Jerónimo en la República de San Vicente, y vos estás loco, si me querés explicar que no era el negro Baltasar.
Que me encantaba estar en los hombros de mi papá.
Creo que todas las tardes esperaba en la puerta de casa a que parara en la esquina el 86 que venía por España y, cuando bajaba mi viejo, que llegaba del trabajo, yo salía disparado para abrazarlo. Esos 100 metros corriendo hacia él era lo que se llama “felicidad”.
Creo en la pista de karting al lado del puente de 24 de Septiembre, donde a veces papá me llevaba.
Que el sargento Sanders decía “Jaque Mate Rey Dos” y yo ya estaba en la trinchera.
Que Batman (el de Bruno Díaz) tenía la Baticueva en el galpón de casa.
Que el Llanero Solitario aparecía en la pantalla y yo ya galopaba sobre Silver.
Creo en el Billiken.
Creo en los pantalones Far West y en las zapatillas Flecha.
Creo en la Crush.
Creo en el Wincofon.
Creo en los pantalones Oxford.
Creo que el Sargento García sabía que el Zorro lo quería.
Creo en el Dr. Smith, de Perdidos en el espacio.
Creo en la leche Cindor.
Creo en los dulces Gustomas.
Creo en el almacén de mi abuelo y las fogatas de San Juan.
Creo que el desayuno que tomaba con la tía Mary en Buenos Aires tenía sabor a amor.
“¿Cómo querés que te prepare el desayuno?”, me pregunta Candelaria. “Con cariño hija, con cariño”.
Creo en mi primera bicicleta.
Papá me la arregló y me enseñó a andar.
Creo que me faltaban como tres números de tibias para llegar a los pedales.
Que colgaba un cable del techo para hacer de antena de la Tonomac para escuchar radio Carve de Montevideo, porque a las 20 pasaban Los Beatles. Siempre amé a Los Beatles.
Recuerdo
Al tío Cuco comunicándose como radioaficionado con el mundo LU8IQ (eleuochoitaliaquito, otra que Internet).
Que le tenía miedo a los ovnis.
Que vi como cinco veces seguidas Melody, en el continuado del Odeón.
Creo que cuando papá compró el primer auto, una renoleta, dormí esa noche en el asiento.
Creo en la abuela cocinando.
Con la abuela vi la llegada de la Apolo a la Luna. Le mandé una carta a la Nasa, me mandaron una postal con Armstrong, Aldrin y Collins, sentados ¡mirándome a mí! Cómo explicar eso a los chicos de mi barrio.
A los 50 años vi la cápsula Apolo en el museo aeronáutico en Washington, la toqué y me puse a llorar, Lucas me miraba y no entendía nada, tampoco le podía explicar.
Creo en mi tío Chicho, que vendía todo lo que existía, habría sido feliz con el “llame ya”.
Creo en mi tía Elena, no creo en sus albóndigas.
En la tía Olga, que me buscaba por Sarmiento y Bv. Ocampo para ir al cole.
En Pío, que me llevaba a la cancha a ver la “T”.
En los “chicos” del Belgrano, todavía son “chicos”, ¿no?
Me estaban cortando el pelo en 24 y Patria, la peluquería de Alberto. “Corte el remolino, Alberto, corte el remolino”, y en la radio dijeron que le pegaron un tiro a Lennon. La bala entró en su cuerpo, pero nunca salió del mío.
Creo que para todos los que estaban en la peluquería, “ese melenudo andaba en cosas raras”. Y tenían razón: la paz es cosa rara.
Que Tito me enseñaba inglés.
Que yo le enseñaba inglés a Daniel.
Que le pateé un penal a Amadeo en una exposición en la Rural de Palermo. Me lo atajó.
Que me firmó la funda de una raqueta el Batata Clerc. Años después, Candelaria me dijo: “Papá, lavé la funda esa que estaba toda escrita”.
Que el día que abrí el Dos Santos Lara supe que sería médico. Que el día que lo vi operar a mi tío Cuco supe que sería cirujano.
Que el día que conocí a Elena supe que lo nuestro sería para siempre.
Creo en el primer beso que nos dimos con Elena en Bongó.
Que tenía una Siambretta en la Facultad.
Que ser estudiante de Medicina fue sensacional.
Creo en
El gol de Kempes a los holandeses.
En el gol de Maradona a los ingleses.
Creo que hay mentiras que valen la pena.
Lloré muchas veces. ¿A ver?
Cuando por primera vez vi una imagen holográfica (me pareció increíble).
Cuando vi la Mona Lisa en el Louvre.
Lloré escuchando a Dylan tocar Blowing in the wind, en el Orfeo.
Lloré en la casa de Manuel, en Las Gabias (Marcelo y Cecilia son testigos).
Lloré en toda Andalucía.
Lloré en Strawberry Fields, en el Central Park.
Lloré cuando leí la carta que me envió Candelaria de Málaga, cuando se volvía.
Creo que siempre lloré de alegría. Aunque a veces no.
A papá le gustaban los Chalchaleros. Lloro cuando voy en el auto y los pasan en la radio.
Todavía recuerdo la primera vez que Candelaria me dijo “papá”.
Me emocioné.
Cuando vi por primera vez la TV en colores. Cuando vi mi letra salir por un fax.
Creo en Juan, el que más me conoce.
Creo en Carlos, con el que participamos de más locuras.
Creo en Francisco y su pragmatismo.
En la fidelidad de Carlitos.
Me gusta escuchar Stand by me.
Creo en Calaf y Mónica, pescar en San Clemente y conocer su amistad con intereses.
Creo que el mejor vino es el que se toma con amigos.
Creo que mi suegro es una “masa”.
Creo en las charlas con Candela por Skype cuando estaba en España.
Creo que me gustaría estar siempre de viaje con Elena.
Creo que compartir con Lucas una salida a la cancha de golf es un privilegio que no tiene precio.
A Elena.
Creo que “después de todo, lo nuestro está escrito en las estrellas”.
Creo en la duda.
Creo que nunca vendí mi alma.
Creo en la medicina.
Me peleé muchas veces con ella.
Creo en los almuerzos del domingo.
Creo que me gusta sentarme a tomar un café con mis amigos.
Creo que a veces me siento a tomar un café conmigo.
Creo que a veces la dejo dada y otras veces la tiro al búnker.
Creo que no cambiaría ni un instante de mi vida.
Que no me arrepiento de nada que haya hecho.

Publicado en La Voz.com – Córdoba 26/12/12